Recuerdo de un pasado mejor.
Mañana de un sábado cualquiera, de un mes de junio de 2004. Una vieja multi estación aguarda bajo la uralita de la parcela donde yo vivía con mi madre y hermanos. Unos 30 grados tuestan la solana de un pequeño pueblo de Toledo, pero en aquel entonces no importaba demasiado. Mi mejor amigo y yo habíamos tomado ya la rutina de ir todos los días a entrenar. Diecinueve años, camino de los veinte, una ilusión tremenda por cambiar nuestros físicos, y un plan sin plan, sin lógica. Básicamente nos dedicábamos a ir a mi casa, hacer todos los ejercicios que alguien nos había recomendado ( todavía el Internet no existía en la mayoría de las casas), metíamos series sin sentido, simplemente repetiríamos el ejercicio una y otra vez hasta que esos músculos inexistentes empezasen a arder. Después iríamos a comer tortas de arroz y latas de atún, porque los chicos más fuertes del pueblo lo hacían así, y al día siguiente, de nuevo ocurriría la magia de un entrenamiento sin orden, sin elaboración ni personalización alguna. Tan sólo dos amigos y la idea descabellada de que teníamos que ponernos enormes para destacar entre los miembros de un grupo de amigos que jamás creyeron en nosotros. Los años pasaron, la vieja multi estación dio paso a una serie de cambios, el gimnasio casero mutó hasta convertirse en una pequeña colección de discos oxidados, máquinas de corte más moderno y algunas barras de diferentes medidas. 22 años después, al menos un día a la semana, regreso a ese material viejo pero funcional, pongo la misma banda sonora de Conan, ojeo alguna de las miles de revistas que en aquel entonces nos sirvió de guía y de motivación, y recuerdo cómo una afición que fue capaz de sacarme de una vida sin rumbo, ahora se ha convertido en mi día a día. A veces mirar atrás es la mejor manera de darse cuenta de que un par de mancuernas oxidadas y la ilusión de entrenar con un buen amigo, puede ser el inicio de algo maravilloso.

